Anotaciones sobre el despoblamiento post-conquista de México

No hay verdades simples, aunque nos esforcemos en encapsular la realidad en dos frases.

Consideraciones preliminares

En el transcurso del siglo XVI Mesoamérica experimentó una de las más profundas transformaciones de la época histórica, que afectó a todos los aspectos, tanto socio-políticos como medioambientales. La derrota final de los aztecas y destrucción de Tenochtitlán por parte de Cortés y su pequeña partida en agosto de 1521 señala un punto de inflexión que no solo trastocaría todo el balance de poder en la región en apenas una década sino también su propia esencia cultural. La Conquista de México fue un cambio de una elite, la indígena, por otra, la española, la cual no solo se conformó con el poder político y la extracción de recursos, sino que también inició la imposición de un modelo cultural a través de la conversión forzosa a la religión católica y la adopción del castellano —con bastante menor éxito– como lengua vehicular.

Cortés conquistó Mesoamérica con unos pocos cientos de hombres. Boyd-Bowman [1,2] ha estudiado la emigración legal española a América durante el período 1493-1559 y la cifra en unas 28.000 personas, de las que una cuarta parte, aproximadamente, lo hizo a Mesoamérica. La inmensa mayoría eran hombres. Es decir, habría en Mesoamérica a mediados del siglo XVI unos muy pocos miles de españoles, la casta dominante de peninsulares y criollos, a la que se sumarían los mestizos, descendientes de distintos cruces con mujeres indígenas. Por otra parte, las estimaciones de la población indígena, antes y después de 1519, varían según los autores. Los primeros estudios el siglo pasado [4,5] la evaluaban en unos 4-5 millones para el actual México; Denevan [6] y Whitmore [7], en los años 1990, la aumentaban a 16-17 millones; estimaciones más recientes [8,9] la elevan a la horquilla 22-28 millones. Parece admitirse actualmente que la horquilla 20-25 millones de habitantes es lo razonable para el territorio del México actual, aunque esos números deben ser tomados con cautela. Se llega a esta estimación cruzando todos los datos conocidos: fuentes históricas, reconstrucciones de las variaciones en la superficie cultivada, censos parciales, tasas comparativas de mortandad, datos de estudios genéticos, etc. Como siempre sucede en ciencia, las cifras son provisionales y susceptibles de revisión a la luz de nuevos datos o hechos significativos. En cualquier caso, no es tan relevante la cifra real de población pre-contacto como los acontecimientos que sucedieron tras la conquista, sobre los que trataré en lo que sigue.

La gran pregunta es cómo pudo producirse el colapso político de la Mesoamérica precolombina, una región lo suficientemente rica como para alimentar a varios millones de personas, de larga tradición cultural, en apenas una década a manos de unos pocos cientos de aventureros. Es más, ¿cómo pudieron unos pocos miles de individuos —civiles en su mayor parte— dominar la región y alterar totalmente su configuración social y cultural a lo largo de las décadas que siguieron a la conquista? ¿Cómo pudo ser tan vulnerable y colapsar hasta el punto de no superar la región los dos millones de habitantes a finales del siglo XVI [10]? (Figura 1).

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Figura 1: evolución de la población indígena post-conquista [16].

Son múltiples los factores que intervienen a la hora de manejar conceptos como sostenibilidad, resiliencia, vulnerabilidad o colapso aplicados a una sociedad o civilización. Ya de partida, cada uno de esos conceptos es muy ambiguo y susceptible de las más variadas acepciones, lo cual hace que sea de poco rigor manejarlos sin antes definir en qué sentido exacto se utilizan. Por ejemplo, hay decenas de definiciones para el término sostenibilidad, dependiendo del contexto en el que se usa. Otro tanto cabe decir para términos como resiliencia o vulnerabilidad. Un colectivo humano puede ser muy resistente a un estrés debido a un determinado factor pero no serlo frente a otro. También cabe preguntarse cómo equiparar grado de alteración con vulnerabilidad; es decir: en cuánto debe alterarse un sistema para considerarlo más o menos vulnerable. ¿Es, por ejemplo, aplicable el epíteto de invulnerable solamente cuando el sistema se mantiene inalterable frente a un estrés o cabe un margen de alteración? Si es así, qué margen? ¿Cuáles son las características, en definitiva, de un sistema determinado en las que hemos de sustentar su supervivencia como tal?

La sociedad mesoamericana ofrece un buen ejemplo para concretar todas estas y otras preguntas. Por ejemplo, a pesar de la desaparición de la organización política del imperio azteca, la organización básica de los indígenas subsistió. El reducido número de peninsulares obligó a delegar en los caciques indígenas el mantenimiento del orden social, tal era el desorden en las décadas que siguieron a la conquista. Los propios caciques indígenas eran los intermediarios entre la nueva elite y la gran masa de la población indígena, que no vio alterada en profundidad la estructura social previa. La pirámide social azteca quedó truncada en sus estratos superiores, el Huey Tlatoani (emperador), los pipiltin (la nobleza y sacerdotes) y los pochtecas (mercaderes), pero sobrevivieron los macehaltin (agricultores y artesanos), los mayeques (braceros) y los antiguos esclavos (tlatlacotin). Agricultores, braceros y antiguos esclavos pasaron a servir a los encomenderos. La hispanización se centró en la evangelización católica, para la que se usó la lengua azteca, el náhuatl. La conversión de los indígenas requería ganarse su confianza mediante la familiarización con sus creencias y su adaptación al catolicismo, algo que los españoles entendieron rápidamente y que no podía proporcionar el uso del castellano. Como resultado se produjo un sincretismo religioso en el que las creencias autóctonas moldearon el catolicismo local y numerosos elementos culturales nativos fusionaron con los europeos. A través del náhuatl y del sincretismo los nativos preservaron su cosmovisión, dotándose de elementos de resistencia y supervivencia frente a la imposición española. La americanización sustituyó al intento de hispanización y configuró un statu quo que perduraría a lo largo de toda la época colonial. Muy posiblemente, de no haber mediado la gran mortandad del siglo XVI, el México actual sería predominantemente indígena, con mayor presencia de elementos culturales prehispánicos. Podemos afirmar que la sociedad indígena “sobrevivió al perdurar como entidad étnica diferenciada y resistirse a la hispanización, aunque, en su caso, sufrió grandes alteraciones; colapso el estado precolombino pero no la esencia cultural; se adaptó pero no sucumbió.

Las reflexiones anteriores ponen, a mi entender de manifiesto dos cuestiones sobre las que se debe profundizar. La primera supone tener que reflexionar sobre la conveniencia de acudir a términos tan inaprensibles y ambiguos como vulnerabilidad, sostenibilidad o resiliencia. Las sociedades no son sistemas cerrados y estáticos; son dinámicos, sujetas a las cambiantes relaciones entre sus elementos y su entorno (humano y medioambiental). En tanto que eso, conviene resaltar cómo varían y cuáles los factores, endógenos y/o exógenos, que controlan su cambio. Por su misma naturaleza sufren continuamente la influencia de agentes impulsores de transformación, que, a su vez, alteran las formas de interrelación de sus componentes entre sí y con su entorno. Por tanto, la respuesta de esa sociedad a ese agente impulsor dependerá no solo de la naturaleza del agente sino también de las mutaciones que se vayan produciendo en sus propios elementos constitutivos. Por eso, las sociedades no colapsan sino que mutan y se adaptan [11]. La sociedad mesoamericana no colapsó sino que fue mutando hacia una nueva configuración (la sociedad colonial), y no lo hizo repentinamente, sino que la transformación se escalonó a lo, largo de décadas, hasta bien entrado el siglo XVII.

La segunda cuestión a poner de relieve es la de la multiplicidad de factores que intervienen en la evolución de una sociedad, en sus eventuales transiciones y en la selección de los elementos que perduran, los que desaparecen y los que se transforman [12]. El ejemplo mesoamericano en el caso del contacto con los españoles arroja luz sobre este punto. En la derrota de los aztecas a manos de Cortés confluyen el oportunismo y la sagacidad estratégica de este, apuntando directamente al descabezamiento del ámbito mesoamericano y sirviéndose para ello de la división en la propia sociedad indígena. También hemos de contar con los errores de los propios aztecas. Entre los muchos que cometieron, quiero destacar el haberlo dejado escapar después de su precipitada huida de Tenochtitlan en la Noche Triste. Tenían en sus manos haber podido aniquilar totalmente la partida de españoles supervivientes y no lo hicieron. Una condición previa, la incompetencia de las elites, fue la que facilitó el éxito de la invasión. La Mesoamérica indígena reaccionó, pero lo hizo tarde y mal. De haber opuesto un frente común desde el principio, Cortés hubiera acabado su aventura en las playas del Caribe y se hubiera retrasado sine die la opción de un nuevo intento de invasión.

El descabezamiento de la fuertemente jerarquizada sociedad indígena no garantizaba necesariamente el éxito de la transformación social que tenían como objetivo último los invasores. Unos pocos cientos no imponen su voluntad a veinte millones si no median factores que debilitan en extremo la capacidad de resistencia de la mayoría. Eso es lo que sucedió: la llamada Gran Mortandad, que se extendió a todo el continente, y las grandes sequías del siglo XVI allanaron el camino hacia un control efectivo de Mesoamérica por parte de los españoles.

La Gran Mortandad

El hundimiento de la población nativa en México durante el siglo XVI tiene difícil comparación histórica. En menos de un siglo la región perdió más del 90% de sus población indígena (Figura 1), lo que puede considerarse como una catástrofe sin paliativos. Hubo matanzas durante la guerra de conquista, como en Cholula o en el asedio de Tenochtitlan, pero por su carácter muy local no pueden ser esgrimidas como causa. La degradación de la condición de los indígenas durante la época de las encomiendas, causa también de mortandad, no justifica tampoco las cifras. La causa la encontramos en una concatenación de pandemias — no todas necesariamente de origen europeo, contrariamente a lo que se piensa— de las que no se conocían precedentes en América y contra las cuales la población estaba indefensa [13].

Es posible que la viruela ya estuviera presente en México antes de la expedición de Cortés. El primer testimonio es el del oidor Vázquez de Ayllón, quien viajó con Narváez en aquel año [14], quien atribuye la mortandad que observó a su paso por la isla de Cozumel [15]. En cualquier caso, cuando Narváez arriba finalmente a Veracruz, el propio Vázquez de Ayllón relata la inmediata y rápida propagación de la enfermedad entre los indios locales. Lamentablemente, el oidor fue forzado por Narváez a abandonar México y perdemos con él un testigo directo. El propio Cortés hace mención de ella en sus cartas, pero habrá que esperar a la crónicas posteriores de fray Toribio de Benavente (Motolinía) o de Bernal Díaz del Castillo para dar cuenta de la extensión de la epidemia. La enfermedad viajó despacio desde la costa hasta el valle de México pero se sabe que el propio Cuitlahuatzin, sucesor de Moctezuma y protagonista de la expulsión de los españoles de Tenochtitlan en la Noche Triste, murió de viruela. Así lo manifiestan los Anales de Tenochtitlan, o Códice Aubin, al relatar que falleció al final del Quecholli (mes del calendario azteca), llamado el de las pústulas (viruela). Los cálculos estiman de 5 a 8 millones de personas los fallecidos por la viruela de 1520-21 [8]. Brooks [16] estimó que la población indígena pasó de 25 a 17 millones en la década de 1520 (Figura 1). La imagen popularmente más conocida sobre la pandemia es la que aparece en Códice Florentino (Figura 2), en la que fray Bernardino de Sahagún compiló la visión azteca de los acontecimientos de 1519-21.

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Figura 2: lámina del Códice Florentino mostrando indígenas con pústulas (¿viruela? ¿varicela?)

Dos nuevas grandes pandemias azotaron de nuevo México en 1545-48 y en 1576-80, respectivamente. Los indígenas llamaron a la dos hueycocolitztli (gran pestilencia en náhuatl) y los españoles tabardillo [17]. Todos las fuentes de la época, tanto españolas como indígenas, coinciden en los síntomas y en la rapidez de la muerte una vez declarados estos, muy parecidas en ambas pandemias. Los testigos, españoles e indígenas, destacan las abundantes hemorragias nasales. El doctor Francisco Hernández, por ejemplo, escribe [13,17,18]:

“Algunos gangrenas y esfacelos invadían los labios, las partes pudendas y otras regiones del cuerpo con miembros putrefactos, y les manaba sangre de los oídos; a muchos en verdad fluíales la sangre de la nariz, de los que recaían casi ninguno se salvaba.”

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Figura 3: detalle del códice La Tira de Tepechpan

Por su parte, los códices indígenas aportan pictogramas de la cocolitztli, tal como resalta Guevara Flores [19], mostrando individuos con hemorragias nasales. La Figura 3 es un detalle del códice cronológico La Tira de Tepechpan [20], en el que se aprecia debajo del símbolo del año 1545 un indígena de cuya nariz y/o boca sale sangre.

La naturaleza de la cocolitztli no está todavía clara. Durante tiempo se pensó en una enfermedad de origen europeo o africano, como el tifus. Acuña-Soto y colaboradores [13] se inclinaron por un origen estrictamente americano: un hantavirus nativo asociado a roedores. Más recientemente, Vågene y colaboradores [21] han identificado el patógeno Salmonella enterica en los restos de individuos que entraron en contacto con la enfermedad, cerca de Oaxaca, y lo proponen como firme candidato, aunque no descartan su asociación con un virus. Cualquiera que sea el agente causante del cocolitztli, la mortandad causada en la población indígena fue terrible —la población de origen europeo parece haber sido menos afectada—. Las cifras para ambos episodios son de varios millones [13, 16], siendo el más mortífero el episodio de 1545-48, y dejaron un México prácticamente vacío, con poco más de un millón de habitantes al finalizar el siglo. En el transcurso de ochenta años, la población indígena había casi desaparecido.

Las grandes sequías

Las sequías, a menudo muy acusadas, son un fenómeno recurrente en Mesoamérica y su incidencia ha sido muy significativa en la historia de la región. Buena prueba de ello es el antiguo y extendido culto a Tláloc, dios de la lluvia. Durante los años posteriores a la conquista sucedieron algunas grandes sequías que llevaron a hambrunas y que se sumaron a las pandemias y multiplicaron sus ya desastrosos efectos. Es pertinente hablar de ellas y para ello conviene familiarizarse antes con los fenómenos que traen las lluvias a la región.

Contrariamente a la creencia popular, el monzón no es exclusivo de Asia sudoriental, sino que también América tiene el suyo propio, al igual que lo tiene África. El monzón está asociado al llamado ecuador térmico, que no coincide con el geográfico debido a la inclinación del eje del planeta. El ecuador térmico es la franja de la Tierra que registra la mayor temperatura promedio. Si el eje de rotación de la Tierra no estuviera inclinado y las masas continentales estuvieran homogéneamente repartidas entre los dos hemisferios, el ecuador térmico coincidiría con el geográfico durante todo el año. Al no estarlo, se produce un desplazamiento sur-norte, y viceversa, de la insolación máxima a lo largo de las estaciones. El ecuador térmico sigue a esta insolación máxima y se desplaza hacia el norte o el sur siguiendo el movimiento del Sol. Al ser el calentamiento muy alto, se produce en la franja del ecuador térmico una alta evaporación. El aire caliente y muy húmedo sube por convección, el vapor se enfría y condensa al ganar altura, formando densas nubes que dan lugar a altas precipitaciones. Todo estos fenómenos generan una franja de bajas presiones a la que convergen los vientos alisios y la zona donde lo hacen se denomina Zona de Convergencia Intertropical (ZCIT, o ITCZ en inglés). Toda esta zona de altas precipitaciones se desplaza con el ecuador térmico y la ZCIT. Lo hace hacia el norte durante la primavera-verano del hemisferio norte dando lugar al monzón. Como puede observarse en la animación de la Figura 4, el monzón no afecta solo a Asia sino también al Sahel y África oriental, y a las Américas Central y del Norte entre los 9º y 36º de latitud norte.

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Figura 4: animación mostrando la variación estacional del monzón

Mesoamérica es una región sujeta a las lluvias estacionales de monzón, estando sometido éste a variaciones de distinta periodicidad. Es decir, la ZCIT puede desplazarse en primavera-verano más o menos hacia el norte dependiendo del estado general de los océanos y la atmósfera, al igual que su efecto puede verse reforzado o debilitado por fenómenos climáticos como El Niño-Oscilación del Sur [22-28] o la Oscilación del Atlántico Norte (NAO por su siglas en inglés) [28], que tienen su propia periodicidad. Las precipitaciones suelen disminuir durante un El Niño y con una NAO positiva (a causa del bloqueo que ejercen las fuertes altas presiones atlánticas). Por el contrario, una fase La Niña y una NAO negativa (anticiclón atlántico débil) favorecen el incremento de las precipitaciones [28].

Esto confiere irregularidad al monzón norteamericano, alternándose en México períodos pluviales con períodos secos, ambos de distinta duración, intensidad y alcance geográfico, todo ello de forma aparentemente errática. Por si todo esto no fuera ya complicado de por sí, hay que añadir la complejidad de la orografía mexicana y los ocasionales frentes polares invernales que pueden afectar al norte de la región. Esto hace que los términos sequía y período pluvial cobren un sentido relativo en su impacto sobre los recursos alimentarios de la población. Basta que no sincronicen los agentes meteorológicos con los periodos vegetativos para que fracasen las cosechas sin que haya necesariamente sequía. Alternativamente, puede haber cierto déficit hídrico —medido respecto a un promedio— y salvarse la cosecha puesto que las lluvias, aunque escasas, llegaron a tiempo. Esto complica sobremanera la reconstrucción paleoclimática regional a partir de fuentes históricas o de indicadores proxy físico-químicos locales, y hace que distintas reconstrucciones a partir de estudios hechos en distintos lugares muestren ciertas discrepancias. Por ejemplo, pudo llover mucho, pero a destiempo, y eso afectó negativamente al crecimiento de la vegetación pero no al de los sedimentos lacustres o al crecimiento de los espeleotemas. El primer indicador dará “falta de lluvia” pero no así el segundo.

Algunos autores [22, 25, 27, 28, 29, 30] destacan una megasequía en la segunda mitad del siglo XVI, con dispar incidencia según el momento y la situación geográfica, pero que se habría extendido, desde la década de 1540 hasta, prácticamente, la década de 1580, y durante la cual acontecieron los dos grandes episodios del cocolitztli (1545-48 y 1566-80). Otras sequías han sido registradas en los años inmediatamente previos y/o posteriores a la conquista, en el occidente y centro mexicanos [27] y en Nuevo León [26], por ejemplo. Por último, mencionar el estudio de espeleotemas de Lachniet et al. [28], a raíz del cual los autores extienden a prácticamente todo el siglo XVI un déficit hídrico respecto al período de expansión de los aztecas, a partir del año 1300 (Figura 5).

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Figura 5: reconstrucción cronológica de la pluviométrica mesoamericana [28]. Rojo: períodos secos; azul: períodos húmedos. Los períodos pluviales de expansión de Teotihaucán, Tula y Tenochtitlán están señalados con flechas negras.

Florescano Mayet et al. [31] ponen de manifiesto las pérdidas de cosechas y hambrunas durante los períodos de sequía. Antes de la conquista, el Estado paliaba los efectos de la malas cosechas distribuyendo maíz de los graneros de reserva establecidos al efecto. Distintas obras hidráulicas para capturar y almacenar agua permitían distribuirla en los períodos de bajas precipitaciones. El hundimiento del Estado indígena y la situación de caos que se vivió tras la conquista dieron al traste con esas medidas de protección frente a fenómenos meteorológicos extremos. La apropiación de la tierra por parte de grandes propietarios después de la conquista hizo todavía más vulnerables a los campesinos indígenas, por la mala gestión del agua por parte de los colonizadores y al permitir el sistema colonial la especulación de precios de los productos de primera necesidad durante los períodos de sequía . Esta situación se corregiría en parte en los siglos XVII y XVIII, cuando las propias comunidades y las autoridades locales coloniales fueron tomando la iniciativa de introducir mejoras socio-ecológicas para reducir su vulnerabilidad [32].

Todos los autores convienen en señalar que la conjunción de hambrunas, trabajos forzosos,epidemias y las carencias sanitarias debilitaron en extremo a la población indígena y la llevaron a sufrir una hecatombe. Sin embargo, aunque muy reducida en influencia y poder, sobrevivió, desarrollando estrategias de adaptación y mitigación frente a perturbaciones ambientales que ponen de manifiesto que el colapso total no es un destino inevitable [32]. Tal como se puede observar en la Figura 5, Lachniet et al. [28] establecen una correlación entre períodos de expansión y desaparición de tres ciudades-estado de la cultura mesoamericana (Teotihuacán, Tula y Tenochtitlán) y períodos lluviosos y secos, respectivamente. La expansión de Teotihuacán, Tula y la de los aztecas-mexicas, coincidió con intervalos pluviales y su desaparición con interludios secos. Las fuentes arqueológicas e históricas en los casos de Teotihuacán y Tula son demasiado escasas para poder elaborar más allá de esta simple correlación. Lo que sí podemos asegurar es, cualesquiera que sean las causas de la caída y abandono de ambas ciudades, el poblamiento de mesoamérica siguió y sus peculiaridades culturales pervivieron y recobraron su esplendor. El caso azteca-mexica está mejor documentado y es diferente a los anteriores en tanto en cuanto apareció un poderoso elemento exógeno, el europeo, que fue determinante en la caída y transformación de la cultura mesoamericana. A pesar de la profundas transformaciones que ese contacto supuso, existe una línea de continuidad entre el mundo prehispánico y el actual México. El ejemplo mesoamericano pone de manifiesto que las sociedades no desaparecen sino se transforman. Pueden ser más o menos profundas y suceder de forma más o menos rápida, pero nunca es un único factor el que dicta si se producen, y cuan intensas y duraderas son en los casos en los que lo hagan.

Epílogo: impacto climático de la conquista

En un reciente artículo Koch et al. [9] elaboran una nueva visión del problema: el posible impacto sobre el clima de la Gran Mortandad. Argumentan estos autores que una variación tan considerable en la población campesina mesoamericana tuvo que tener su impacto en la superficie de tierra cultivada. Las tierras quedaron abandonadas y se produjo una renaturalización progresiva que, indefectiblemente, actuó como sumidero de COy fue fijando carbono en el suelo. La magnitud de esa transformación debió dejar sus “huellas” en la concentración atmosférica de COy en los suelos. Ese es el rastro que han intentado identificar los autores, combinando datos paleo-ecológicos (análisis de suelos, polen, etc) y datos de población y cruzándolos con registros polares de la concentración de CO2, reconstrucciones la radiación solar, de temperaturas y de intercambios de carbono entre suelos y atmósfera. Sin entrar en los complejos detalles técnicos de la argumentación, se puede decir que Koch et al. evalúan la superficie agrícola abandonada para el período 1520-1620 en 55 millones de hectáreas para toda América, lo que se tradujo en una captura de 7.400 millones de toneladas de carbono, equivalentes a una reducción de 3,5 ppm en la concentración atmosférica de CO2. Esto supuso una contribución en un 50% en la disminución de 0,15ºC observada para el período 1540-1640, un intervalo de tiempo de renovada actividad solar, a caballo entre los mínimos de Spörer y Maunder (Figura 6). La Gran Mortandad dejó una marca en la historia del clima.

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Figura 6: Actividad solar en los últimos 1.100 años ( Leland McInnes, http://en.wikipedia.org/wiki/Solar_variation)

 

Nihil obstat

El gato

Referencias y notas

[1] Boyd-Bowman, P. (1963). La emigración Peninsular a América: 1520 a 1539, Historia Mexicana, v. 13(2), p. 165-192.
[2] Boyd-Bowman, P. (1967). La procedencia de los españoles de América : 1540-1559. Historia Mexicana, v. 17(1) p. 37-71
[3] A esta, habría que sumarle la emigración clandestina, que la hubo. Las fuentes más conservadoras la cifran en un 20-25% de la legal durante la vigencia del monopolio de la Casa de Contratación.
[4] Kroeber, A. (1939). Cultural and natural areas of native north America. Univ. Calif. Publ. Am. Archaeol. Ethnol. 38, 242.
[5] Rosenblat, A. (1954). La población indígena y el mestizaje en América. 1 ed., Editorial Nova, Buenas Aires.
[6] Denevan, W.M. (1992). The Native Population of the Americas in 1492. 2 ed., University of Wisconsin Press, Madison.
[7] Whitmore, T.M. (1991). A simulation of the 16th century population collapse in the basin of mexico. Ann. Assoc. Am. Geogr. 81, 464–487.
[8] Acuña-Soto, R., Stahle, D. W., Cleveland, M. K., & Therrell, M. D. (2002). Megadrought and Megadeath in Sixteenth-Century Mexico. Emerging Infectious Diseases, 8(4), 360–362. https://doi.org/10.3201/eid0804.010175
[9] Koch, A., Brierley, C., Maslin, M. M., & Lewis, S. L. (2019). Earth system impacts of the European arrival and Great Dying in the Americas after 1492. Quaternary Science Reviews, 207, 13–36. https://doi.org/10.1016/j.quascirev.2018.12.004
[10] Borah, W., and Sherburne F. C. (1969). Conquest and Population: A Demographic Approach to Mexican History. Proceedings of the American Philosophical Society, v. 113(2), p. 177–183. JSTOR, http://www.jstor.org/stable/985964.
[11] Son raros los casos conocidos de discontinuidad. Es decir, una colectividad entera desaparece completamente y ningún otro grupo social coge el relevo. Los casos fallidos de colonización nórdica de Groenlandia y Norteamérica son un ejemplo.
[12] Butzer, K. W. (2012). Collapse, environment, and society. Proceedings of the National Academy of Sciences, 109(10), 3632–3639. https://doi.org/10.1073/pnas.1114845109
[13] Acuña-Soto, R., Stahle, D. W., Cleveland, M. K., & Therrell, M. D. (2002). Megadrought and Megadeath in Sixteenth-Century Mexico. Emerging Infectious Diseases, 8(4), 360–362. https://doi.org/10.3201/eid0804.010175
[14] La expedición de Pánfilo de Narváez fue enviada por Diego Velázquez, gobernador de Cuba, con orden de detener a Cortés. No solo Cortés no acabó detenido sino que acabaría llevándose a los expedicionarios a su batalla final contra Tenochtitlan.
[15] McCaa, R. (1995). Spanish and Nahuatl Views on Smallpox and Demographic Catastrophe in Mexico. Journal of Interdisciplinary History, 25(3), 397–431.
[16] Brooks, F. J. (1993). Revising the Conquest of Mexico : Smallpox , Sources , and Populations. The Journal of Interdisciplinary History, 24(1), 1–29.
[17] Marr, J.S, Kiracofe, J.B. (2000). Was the Huey Cocolitztli a Haemorrhagic Fever?. Medical History, 44, 341-362.
[18] Malvido, E., Viesca, C. (1985). La epidemia de cocoliztli de 1576. Revista Historias, 11, 27-33
[19] Guevara Flores, S.E. (2018). A través de tus ojos: médicos indígenas y el cocolitztli de 1545 en la Nueva España. International Journal of Iberian Studies, 39, 36-52.
[20] http://amoxcalli.org.mx/codices.php
[21] Vågene, Å. J., Campana, M. G., García, N. M. R., Warinner, C., Spyrou, M. A., Valtueña, A. A., … Krause, J. (2017). Salmonella enterica genomes recovered from victims of a major 16th century epidemic in Mexico. BioRxiv. https://doi.org/10.1101/106740
[22] Hunt, B. G., & Elliott, T. I. (2002). Mexican megadrought. Climate Dynamics, 20(1), 1–12. https://doi.org/10.1007/s00382-002-0265-5
[23] Magana, V. O., Vázquez, J. L., Pérez, J. L., & Pérez, J. B. (2003). Impact of El Niño on precipitation in Mexico. Geofisica Internacional, 42(3), 313–330. Retrieved from http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=56842304
[24] Mendoza, B., Jáuregui, E., Diaz-Sandoval, R., García-Acosta, V., Velasco, V., & Cordero, G. (2005). Historical Droughts in Central Mexico and Their Relation with El Niño. Journal of Applied Meteorology, 44(5), 709–716. https://doi.org/10.1175/JAM2210.1
[25] Therrell, M. D., Stahle, D. W., Villanueva Diaz, J., Cornejo Oviedo, E. H., & Cleaveland, M. K. (2006). Tree-Ring Reconstructed Maize Yield in Central Mexico: 1474–2001. Climatic Change, 74(4), 493–504. https://doi.org/10.1007/s10584-006-6865-z
[26] Cerano Paredes, J., Villanueva Díaz, J., Valdez Cepeda, R. D., Méndez González, J., & Constante García, V. (2011). Sequías reconstruidas en los últimos 600 años para el noreste de México TT – Reconstructed droughts in the last 600 years for northeastern Mexico. Revista Mexicana de Ciencias Agrícolas, 2(spe2), 235–249.
[27] Sosa Nájera, S., Lozano García, S., Roy, P. D., & Caballero, M. (2017). Registro de sequías históricas en el occidente de México con base en el análisis elemental de sedimentos lacustres: El caso del lago de Santa María del Oro. Boletín de La Sociedad Geológica Mexicana, 62(3), 437–451. https://doi.org/10.18268/bsgm2010v62n3a8
[28] Lachniet, M. S., Asmerom, Y., Polyak, V., & Bernal, J. P. (2017). Two millennia of Mesoamerican monsoon variability driven by Pacific and Atlantic synergistic forcing. Quaternary Science Reviews, 155 (November), 100–113. https://doi.org/10.1016/j.quascirev.2016.11.012
[29] Stahle, D. W., Fye, F. K., Cook, E. R., & Griffin, R. D. (2007). Tree-ring reconstructed megadroughts over North America since A.D. 1300. Climatic Change, 83(1–2), 133–149. https://doi.org/10.1007/s10584-006-9171-x
[30] Metcalfe, S. E., Jones, M. D., Davies, S. J., Noren, A., & MacKenzie, A. (2010). Climate variability over the last two millennia in the North American Monsoon region, recorded in laminated lake sediments from Laguna de Juanacatlán, Mexico. Holocene, 20(8), 1195–1206. https://doi.org/10.1177/0959683610371994
[31] Florescano Mayet, E., Sancho, J., Cervera, Y., Perez, D., & Arias, G. (1980). Las sequías en México: historia, características y efectos. Comercio Exterior, 30(7), 747–757.
[32] Endfield, G. H. (2012). The resilience and adaptive capacity of social-environmental systems in colonial Mexico. Proceedings of the National Academy of Sciences, 109(10), 3676–3681. https://doi.org/10.1073/pnas.1114831109

2 comentarios en “Anotaciones sobre el despoblamiento post-conquista de México

  1. Cuando recibo una notificación en mi correo sobre un nuevo post en este blog, la dejo pendiente para leerlo con calma en un momento de tranquilidad. Es un placer aprender sobre cambio climático (y muchas otras cosas) a través de ellos. Gracias por compartirlos.

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